Tercera planta de una habitación llamada 327.
Un gran ventanal que muestra un parking sin ninguna clase, sábanas blancas y mucho sudor que derramar. Una ducha compartida sin miedo a derrochar agua, baño y espuma, y alguna que otra charla sobre algunas tonterías. Una toalla que absorbe todo lo que voy a consumir de mi cuerpo en una tarde larga.
Una película a la mitad pausada para nuestra publicidad necesaria, vuelta a la peli y una celebración del final.
Unos cuantos cuentos chinos para dormir de los que nunca quieres dejar de escuchar y no quieres contar más.
Un acuerdo y un desacuerdo, y aún habiéndote leído todos mis escritos, no lo podrás entender jamás, que ya no solo se trata de sexo duro sin más, que empieza a tratarse de la sonrisilla que se forma en tu cara cada vez que te follo o me fallas, que empieza a tratarse de que me gustas más sin nada, que empieza a tratarse de provocaciones, de mirarse a los ojos sin ellos, de dormir contigo al otro lado de la cama tapado por unas sábanas blancas que no te pegan nada.
Empieza a tratarse de que te observo dormir, beber, fumar y sonreír, y de que me sonrojo por tontería y media que me puedas decir.
No me hace falta vivir a la luz de las velas para bañarme en ese hoyuelo que tienes en la mejilla derecha.
No me hace falta que me digas que no me van a volver a fallar o que no puedo seguir así, porque como no puedo seguir es como ahora.
No me hace falta que me sujetes la mano o que hagas cosas por mi.
No me hace falta nada en absoluto, pero no me dejes de hacer ninguna de todas esas cosas que haces, no dejes que todas estas palabras que escribo te enternezcan porque tan solo son inspiración.
No dejes nada o déjalo todo, pero quédate un ratito más tirado junto a mi en esta cama de la habitación llamada 327.
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